El arte de dialogar: entre la creatividad, la improvisación y la intuición La experiencia de la Escuela de Nuevas Educadoras Populares

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Son innumerables los retos que enfrenta la Educación Popular en nuestro país. Algunos de ellos fueron sintetizados por los miembros del colectivo CEAAL (Consejo de Educación de Adultos de América Latina)[2] en el documento Desafíos para la educación popular en Colombia. En el texto, se evidencia, entre otras cosas, una preocupación por la formación de las educadoras populares, de la que se desprende el desafío de crear espacios que permitan cuestionar y renovar constantemente las prácticas educativas populares, profundizar en los marcos conceptuales y en nuevos métodos, construir pensamiento crítico y formas de sistematizar y multiplicar los aprendizajes desarrollados en las experiencias de Educación Popular (Cfr. 3). El desafío de crear estos espacios parte de una serie de preguntas: ¿en dónde se forman las educadoras populares colombianas, sobre todo aquellas que no estudian formalmente una carrera de educación? ¿Tal formación se da únicamente en la práctica o es necesario acercarse también a un saber teórico? ¿Las educadoras populares hacen de su práctica una reflexión para compartir con otras personas y contribuir, así, a la renovación de las prácticas y el discurso de la Educación Popular? Ante estas preguntas, ante la necesidad de hacer de nuestro trabajo como educadoras populares una praxis real, un diálogo entre la práctica y la teoría, ante los deseos de compartir con otras educadoras las reflexiones surgidas de esa práctica y de construir colectivamente alternativas para enriquecer las experiencias educativas populares, nace una propuesta, construida por muchas manos y hecha realidad en medio de dudas y miedos, pero también de expectativas, de esperanzas: la Escuela de nuevas educadoras populares.

Desde su nombre mismo, la escuela planteaba retos y desafíos tanto a nosotras mismas, como dinamizadoras del espacio, como para las personas asistentes. Cuando afirmábamos que la escuela pretendía ser “de” nuevas educadoras y no “para”, reconocíamos que existe una nueva generación de educadoras populares – de la que hacemos parte – que necesita con urgencia desarrollar espacios de formación que permitan, como bien lo explica Alfoso Torres en su libro Educación Popular. Trayectoria  y Actualidad, “apropiarse de un núcleo conceptual y metodológico básico para asumir creativamente los retos de la época”. A su vez reconocíamos que la escuela pretendía ser un espacio construido por todas y cada una de las participantes. Era pues una apuesta por el diálogo en un espacio pedagógico concreto. Los temas escogidos partían de nuestra experiencia común: la Coordinadora de Procesos de Educación Popular En Lucha, espacio amplio de articulación que por ahora reúne a seis Pre Icfes y Pre Universitarios Populares de la ciudad de Bogotá y que, en últimas, nos ha permitido enriquecer y llenar de matices nuestra corta pero importante experiencia como educadoras populares. Así que decidimos que para dialogar y encontrarnos con otras, era importante compartir nuestra experiencia y las dudas, reflexiones y problemas que ésta nos genera constantemente. Escogimos entonces temas transversales como la historia y definición de la Educación Popular, sus intencionalidades y su apuesta por el cambio, los problemas metodológicos y de autogestión, y finalmente una discusión sobre los contenidos y las competencias en la educación. Así emprendimos el camino de la formación.

Son innumerables las reflexiones que podríamos hacer sobre la experiencia de la Escuela, sin embargo y por tiempo y espacio, quisiéramos centrar nuestra atención en una de ellas: el diálogo de saberes. Es común para las personas que han tenido algún tipo de trabajo en Educación Popular, escuchar y hablar del diálogo como principio de los procesos educativos populares, es tan común que a veces no nos detenemos a pensar y repensar el concepto, a reconocer cuánto de nuestra práctica como educadoras está sustentada en el diálogo real y concreto, y aunque en la Escuela este principio era un tema transversal, como experiencia práctica se dificultó en varias ocasiones. Tuvimos discusiones airadas que nos reafirmaron que una cosa es decir y otra hacer, que una cosa es lo que a veces leemos, y otra lo que en la práctica se desarrolla con sus propios ritmos y especificidades. A veces es tan difícil reconocer a la otra y a su diferencia que en últimas terminamos desarrollando más escenarios de confrontación y menos oasis en los cuales tomar aliento. La apuesta por el diálogo no es entonces sólo una reivindicación pedagógica sino también política, que parte de la humildad, el respeto y de reconocer la máxima freiriana de que no podemos ser si las otras no son o mejor si prohibimos que las otras sean.

Además de la reflexión del diálogo como apuesta pedagógica y política, la Escuela trajo con si otras preguntas y problemas prácticos que quisiéramos comentar sucintamente. Uno de ellos se remite a las posibilidades de dialogar en un grupo diverso, plural y heterogéneo. En un principio pensamos que por el nombre de la Escuela las personas que se iban a sentir convocadas serían jóvenes estudiantes con poca o ninguna experiencia en Educación Popular, y fue una grata sorpresa encontrarse con participantes que llevaban muchos años de trabajo y que además tenían enfoques diferentes al trabajo que nosotras hemos desarrollado. Esta situación sin embargo nos traía un gran desafío: acomodar en tiempo record el espacio, los temas, las metodologías e improvisar en la marcha. Fue en la primera sesión de la Escuela que entendimos a cabalidad lo que Lola Cendales y el Colectivo CEAAL Colombia querían decir cuando afirmaban que: “el diálogo en la educación es un diálogo intencional, que supone preparación temática y metodológica. Tengo que saber de qué voy a dialogar y tengo que preparar el diálogo. El diálogo educativo incluye el calor de la conversación, el diálogo conversacional, pero el diálogo educativo es intencional, tiene preparación, tiene investigación y exige una metodología apropiada. Sin embargo, por ser el diálogo una actividad que se realiza entre personas diferentes, por ser una intención en que intervienen múltiples factores, no puede ser prevista y aunque se planifique con rigurosidad el plan es un punto de referencia no una camisa de fuerza. El diálogo en educación es también un arte, que implica creatividad, flexibilidad, intuición e improvisación” (Cendales y otros, 2003: 79)

Otra de las reflexiones que surgieron de nuestras escuelas, con respecto al diálogo, fue sobre las acciones que lo fundamentan: hablar y escuchar. Nos enfrentamos a la dificultad de que el tiempo siempre fue corto para que todas las participantes expresaran sus ideas, de manera que, en algunas ocasiones, se señaló que el espacio podía perder su carácter participativo al no permitir que todas se expresaran. De igual modo, algunas personas señalaron, ante intervenciones que se distanciaban de los temas de discusión, que el diálogo también consistía en aceptar que podían surgir otros temas que, en principio, no estaban previstos, pues la educación no sólo es planeación, sino improvisación. Frente a estas dificultades, nos surgieron varias preguntas: para que un espacio educativo sea dialógico ¿es necesario que hablen todas las personas que participan en él? ¿Permitir que las participantes hablen sin restricción alguna, de tiempo o de tema, por ejemplo, favorece el diálogo y es sinónimo de que el espacio es participativo? Frente a estos interrogantes, más que respuestas concluyentes, plantearemos reflexiones inconclusas.

La primera se fundamenta en algo que, en apariencia, es una obviedad: para dialogar se necesita hablar y escuchar. Escribimos “en apariencia”, pues hemos observado cómo, en ocasiones, se pretende dialogar sin escuchar, lo que lleva a concebir, incluso, que el espacio es participativo y dialógico si todas las participantes hablan, pero no sí todas escuchan. Parece haber en esto, una implícita jerarquización, según la cual hablar es superior a escuchar, pues implica “actividad”, mientras que escuchar está asociado con la “pasividad”. En este sentido, consideramos necesario preguntarnos si escuchamos a las otras y si esto, acaso, no nos exige una actitud activa y receptiva. Asimismo, nos parece importante cuestionar el hecho de que decir todo lo que se quiera contribuye al diálogo, pues es necesario pensar cuál es la pertinencia de lo que digo, cuál el momento para decirlo; pensar que hay otra que también quiere hablar, de manera que conviene medir el tiempo de mi intervención; pensar que, si quiero dialogar, no puedo hablar sólo de lo que a mí me interesa o dejar que las palabras de la otra sean sólo ruido en los oídos, un ruido que no me cuestiona, que no me transforma, porque ya tengo una idea tan fija que doy por sentado que nada la cambiará.

En suma, la Escuela de nuevas educadoras populares nos mostró que uno de los retos de la Educación Popular, que debemos asumir en nuestras vidas y en nuestros espacios de formación, es aprender a dialogar, es decir, a escuchar y a hablar. A veces pensamos que esto es algo que todas las personas sabemos, que está con nosotras desde el nacimiento, pero lo que hemos visto, en nuestra experiencia, es que a escuchar y hablar también se aprende y que aprenderlo es un proceso difícil, pero también una acción clave y concreta para hacer Educación Popular, para construir con la otra, para reconocerla, para dejar que su experiencia, su saber, su palabra, su ser, se ponga en diálogo con nuestra experiencia, saber, decir y ser.

Por otra parte, la Escuela nos planteó el desafío de construir las sesiones a partir de técnicas realmente participativas y dialógicas. Nos preocupaba no ser coherentes, en la práctica, con nuestra apuesta por el diálogo de saberes y por la Educación Popular, en general, de manera que la búsqueda de estrategias pedagógicas para lograr esa coherencia fue constante. Fueron muchas las autocríticas, las reformulaciones y las dudas al respecto, que nos planteamos después de cada sesión. Nos preguntamos, por ejemplo, si desarrollar conceptos e ideas de manera narrativa es siempre un ejercicio de la llamada educación bancaria o si es necesario, en algunos casos, para que pueda darse una construcción colectiva del conocimiento. Nos preguntamos si las sesiones habían sido pertinentes y valiosas para todas las participantes, tanto para aquellas con experiencia en Educación Popular, como para aquellas que no la tenían. En fin, fueron muchas las peguntas que nos ratificaron que la Educación Popular es un camino de aprendizaje sin fin, en el que, de a poco, y colectivamente, vamos transformándonos y construyendo espacios político-pedagógicos realmente liberadores.

Después de las Escuelas de nuevas educadoras populares, una experiencia que enriqueció nuestras ideas sobre la Educación Popular, que nos permitió compartir y aprender de otras personas y colectividades; después de enfrentarnos, por primera vez, con el desafío de construir un espacio de formación para nuevas educadoras populares siendo nosotras mismas educadoras que recientemente transitamos por el camino de la Educación Popular, nos queda la certeza de que es necesario y valioso asumir el desafío planteado por los integrantes del CEAAL Colombia, esto es, el desafío de crear espacios para formarnos como educadoras populares, para conocernos, compartir, transformar en el diálogo nuestras prácticas, articular nuestro trabajo, experiencias y esperanzas en torno al objetivo común de hacer de la Educación Popular una alternativa real y amplia frente a la llamada educación bancaria; una alternativa que nos transforme, individual y colectivamente, y nos permita contribuir a la construcción de una nueva sociedad.

Bibliografía:

 Torres, Alfonso. La educación popular. Trayectoria y actualidad. El búho, 2012.

Cendales, Lola; Muñoz, Jairo; Beltrán, Amparo (otros). Desafíos para la Educación Popular en Colombia. Colectivo CEAAL Colombia. SERCOLDES 2003. Disponible en: http://www.slideshare.net/locamaya/texto-desafos-para-la-educacin-popular-en-colombia (Consultado por última vez el 8 de diciembre de 2013)

[1] El uso del género femenino es intencional, pues nos referimos a las personas.

[2]El texto es producto de las discusiones de los integrantes del colectivo en Colombia: Jairo Muñoz, Amparo Beltrán, Yesid Fernández, Martha Moreno, Lola Cendales y Adriana González.

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